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Paz & Reconciliación 2019-07-21 | Comentarios:

De la violencia paramilitar a las aulas de paz

De la violencia paramilitar a las aulas de paz

Foto fuente: Comisón de la Verdad

 

Por: Jose Luis Rivera García

 

“Fueron las víctimas las que nos enseñaron a pedir perdón y a recuperar la humanidad que nos había arrebatado la guerra” Rodrigo Pérez Alzate

 

Hablamos con Rodrigo Pérez Alzate, conocido en tiempos de guerra como Julián Bolívar, quien fuera jefe del otrora Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia. Tras más de una década de desmovilización dentro del marco jurídico de Justicia y Paz y nueve años de prisión, Rodrigo hace parte hoy de la Fundación Aulas de Paz, una organización dedicada, desde 2013, a la investigación y la educación por la construcción de una Cultura de Paz. Dentro de Aulas de Paz Rodrigo ha sido protagonista de procesos de reconciliación y pedagogía por la paz, junto a organizaciones como la Asociación Caminos de Esperanza Madres de La Candelaria de Medellín.

 

De su experiencia en estos años y de sus puntos de vista en torno a la consolidación de la paz en Colombia, nos habla en esta entrevista exclusiva para Buena Gente Periódico.

 

 

BGP: ¿Desde hace cuánto pertenece a Aulas de Paz y cómo se relaciona su rol con las propuestas pedagógicas de la Fundación?

 

Rodrigo Pérez (R.P.): la Fundación Aulas de Paz fue constituida legalmente el 13 de febrero de 2013, pero el grupo de personas que apoyamos el proceso de reintegración de los excombatientes, que promovemos el perdón y la reconciliación entre todos los colombianos, que creemos en la educación como la herramienta más eficaz para impedir el avance de esa nefasta cultura de la violencia que tanto daño le ha hecho al país, estamos trabajando casi desde el momento mismo de nuestra desmovilización, en diciembre de 2005.

 

Dentro de este contexto, considero oportuno resaltar que la propuesta pedagógica de la Fundación Aulas de Paz está compuesta por tres líneas de trabajo: Investigación, Educación y Cultura de Paz, pues en nuestro quehacer investigamos para educar y educamos para contribuir en la construcción de una cultura de paz. La primera investigación que desarrollamos trató de establecer cuáles son los factores que inciden en un individuo al momento de tomar la decisión de formar parte activa de un grupo armado ilegal. A partir de las conclusiones y los resultados obtenidos desarrollamos en alianza con la Universidad Santo Tomás, Sede Medellín, el Diplomado ‘Formación para la Vida y Pedagogía para la Paz’, del cual han participado más de 189 personas entre excombatientes, víctimas del conflicto, líderes sociales y servidores públicos.

 

Esta primera experiencia investigativa y pedagógica sirvió para darnos cuenta de que nuestra historia de vida, acompañada de un sincero deseo de cambio y reparación del daño causado, así como de un proceso formativo y de acompañamiento acorde a nuestra nueva realidad, podía transformarse en un mensaje preventivo digno de replicar entre niños y jóvenes de colegios y universidades de todo el país, vulnerables ante la oferta laboral de los grupos armados ilegales. Nuestro mayor anhelo es lograr que los salones de clase se transformen en verdaderas Aulas de Paz, en las cuales cada niño, joven y adulto obtenga el conocimiento necesario para rechazar la oferta de la ilegalidad, a la vez que se deslegitima el uso de las armas y las acciones violentas para resolver cualquier tipo de problema. En este escenario, el papel que desempeñamos los desmovilizados no es secundario sino protagónico. En la Fundación Aulas de Paz estamos convencidos que el testimonio cruel y descarnado de los horrores que produce la guerra, empodera y da la seguridad necesaria para enseñar a decir ¡NO! a cualquier tipo de acción violenta o ilegal.

 

 

BGP.: Después de casi 15 años de haber depuesto las armas, junto a otros miles de excombatientes de las Autodefensas Unidas de Colombia ¿cuáles cree son las acciones más importantes para desandar el camino de las armas y optar por la paz?

 

R.P.: Recuerdo que unos meses atrás nos reunimos con un grupo de víctimas pertenecientes a la Asociación Caminos de Esperanza Madres de La Candelaria, con el objetivo de grabar un video que destacara la experiencia de perdón y reconciliación que venimos adelantando desde 2007 y reproducirlo en Alemania, en un encuentro con personalidades del Gobierno y de la academia al cual habían sido invitadas. Durante el momento de la grabación, el periodista que dirigía la entrevista me formuló una pregunta similar que me llevó a reflexionar sobre las consecuencias de la guerra y el largo camino que se debe recorrer, no sólo para lograr materializar la paz sino también para desandar el camino transitado en más de cincuenta años de violencia continua. Lo primero que pensé para salirle al paso a la pregunta fue en los más de ocho millones de víctimas de los que habla el informe ¡Basta ya! del Centro Nacional de Memoria Histórica. Sin embargo, después de meditar en la pregunta por unos segundos más, llegué a la conclusión que el conflicto armado nos ha dejado una herencia que, en términos de consecuencias y afectaciones, supera esa penosa cifra que debería avergonzarnos a todos los colombianos.

 

El mayor drama ocasionado por el conflicto armado es que la violencia ha sido tan frecuente y ha ocurrido en niveles tan elevados y constantes que se ha creado toda una cultura a su alrededor y ésta se ha instalado en la conducta diaria de miles de personas. Esta realidad se evidencia en la forma cómo la gente resuelve sus disputas domésticas, conduce su auto, incluso en la manera como se castiga a los menores. Desde hace tanto tiempo sufrimos en carne propia o vemos en los medios tal cantidad de violencia, que sin saberlo nos hemos convertido no sólo en víctimas de la misma, sino también en sus multiplicadores.

 

Desde esta perspectiva, no resulta difícil explicar por qué en los campos y ciudades de nuestro país existen miles de jóvenes que crecen con la idea de que el uso de la violencia y de las armas es un proyecto de vida atractivo, o que aún hayan líderes políticos y sociales que crean en la “combinación de todas las formas de lucha” como una estrategia legitima, no sólo de confrontación política sino de toma del poder. Esa cultura de la violencia y de la ilegalidad es uno de los mayores obstáculos que debemos superar los colombianos si deseamos alcanzar la paz. Mientras eso no suceda podemos desmovilizar al ELN, a las mal llamadas Autodefensas Gaitanistas de Colombia, a las disidencias de las FARC y sin embargo, estaremos caminando en círculos como el perro que trata de morderse la cola, porque el germen de la guerra va a permanecer intacto. 

 

 

BGP.: Usted ha tenido la oportunidad de acercarse a varias organizaciones de víctimas, colaborar en la búsqueda de desaparecidos, reconocer responsabilidades, pedir perdón y aportar a los actos de reconciliación junto a excombatientes de otros bandos ¿qué es lo más significativo de estos años de experiencia?

 

R.P.: Cuando comenzamos a comparecer ante los estrados de Justicia y Paz, la orden de los magistrados era que bajo ninguna circunstancia los excombatientes podíamos acercarnos a las víctimas. Una decisión comprensible desde el punto de vista preventivo, pero difícil de asimilar de cara a la construcción de paz y a la restauración de los lazos deteriorados por la guerra. No obstante, nadando en contra de la corriente, desde la Fundación Aulas de Paz nos hicimos el compromiso de trabajar para que las víctimas lograran obtener información de sus seres queridos desaparecidos, como una muestra irrefutable del deseo que teníamos los excombatientes del Bloque Central Bolívar de avanzar en el difícil camino de la verdad, la justicia y la reparación. 

 

Como era de esperarse, ese primer encuentro que tuvimos con las víctimas estuvo marcado por el temor, el rencor, la desconfianza y el rechazo. La lógica del beneficio propio y el cálculo estratégico fue lo que primó en aquella reunión: “tú me das información sobre la ubicación de los restos de mi ser querido desaparecido y yo luego doy fe de que estás cambiando”. De forma inesperada, con el pasar de los encuentros, esa fría y distante relación se fue transformando en una auténtica y verdadera amistad, al punto que en la actualidad, víctimas y excombatientes no sólo trabajamos de la mano promoviendo el perdón y la reconciliación en diferentes escenarios a nivel nacional, sino que además contamos con un modelo probado de reconciliación que es uno de nuestros principales motivos de orgullo y satisfacción.

 

En Colombia, luego de más de catorce procesos de desarme y desmovilización, no se ha logrado comprender el papel tan importante que deben jugar las víctimas, no sólo en el proceso de perdón y reconciliación, sino también en la prevención de la violencia y en el fortalecimiento de las garantías de no repetición. Muchos de los muchachos que en ese momento se encontraban recluidos en la cárcel de máxima seguridad del municipio de Itagüí, y que aún no estaban convencidos de dar el paso hacia la legalidad, al ver el dolor que la guerra causa en las víctimas, tomaron la decisión definitiva de apartarse totalmente de ella. Fueron las víctimas las que nos enseñaron a pedir perdón y a recuperar la humanidad que nos había arrebatado la guerra. De cara al momento tan importante que el país está atravesando, muchos pensarán que el papel de las víctimas se debe limitar a demostrarles a los escépticos que en Colombia la reconciliación si es posible, que perdonar lo imperdonable no es una fantasía imposible de materializar. Por mi parte, considero que relegar a un papel secundario a quienes por esencia deben ser protagonistas de todos los esfuerzos que se realicen en materia de construcción de paz, no sólo es un desperdicio sino un gran error.

 

 

BGP.: A su juicio ¿qué lecciones pueden tomarse del desarrollo del marco legal de Justicia y Paz en la implementación de los Acuerdos de Paz con las FARC?

 

R.P.: Considero que todo el proceso de Justicia y Paz en su conjunto es una gran lección. A pesar de las críticas y comentarios mal intencionados que surgen todos los días, los avances en materia de verdad, justicia y reparación son innegables. Hasta el día de hoy, el Bloque Central Bolívar ha entregado información sobre 5.000 hechos victimizantes. Esto sin contar los aportes tan importantes que se han logrado en materia de perdón y reconciliación, en garantías de no repetición y en colaboración abierta con la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad.

 

Precisamente, producto de toda esta experiencia acumulada, el año pasado 2018 el Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ) se acercó a la Fundación Aulas de Paz con el objetivo de adelantar un estudio que permitiera establecer cuáles fueron esos elementos que facilitaron y/o dificultaron el acceso a la verdad, el reconocimiento de responsabilidades y los procesos de perdón y reconciliación para entregar un informe de recomendaciones a la Justicia Especial para la Paz (JEP) y a la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad. La reflexión colectiva que se desarrolló tuvo por objetivo identificar las principales barreras u obstáculos enfrentados, así como las oportunidades que se presentaron o fueron generadas para impulsar el proceso en la dirección acordada. Esto ayudó a identificar momentos críticos, disyuntivas y decisiones clave durante todo el proceso.

 

Desde esta perspectiva, resulta oportuno recordar que, en materia de Justicia Transicional, La Ley 975 es un ordenamiento previo a la JEP y, por tanto, es de suma importancia analizar sistemáticamente las experiencias y aprendizajes alcanzados, no sólo para generar reflexiones comparadas y alimentar las elaboraciones conceptuales y metodológicas basadas en dichos aprendizajes sino, además, para reorientar y mejorar las prácticas institucionales y organizacionales de la JEP. En consecuencia, reflexionar sobre los fallos y los aciertos de la Ley de Justicia y Paz implica un gran potencial de aprendizaje que en la JEP no puede ser menospreciado.

 

Para saber más sobre la Fundación Aulas de Paz visite: http://www.aulasdepaz.org


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